El laberinto

Entré corriendo por una gran puerta antigua, hacia derrumbosos muros ahuyentando la razón, buscando tu sombra esquiva. De tanto correr por fin me detuve cansado y simplemente me senté en una piedra a orillas del camino.

Contemplé en silencio las frías murallas que me rodeaban y comprendí que estaba perdido. El sextante con el que navegaba por tus aguas tranquilas se debió extraviar en una de las esquinas del mohíno laberinto.

Empezó a anochecer y mis piernas no respondían, y lo que eran unas viejas murallas se me hicieron montañas lisas como la porcelana, impenetrable como tú pensamiento. El frío comenzó a calar en lo profundo de mis huesos, en la búsqueda cómoda de mi caliente corazón invitándole a reposar.

Lentamente me quedé dormido sólo con el frío abrazo del espejismo de tu sombra esquiva, bese tus labios ausentes, me despedí de la vigilia, de la realidad de que solo fui un simple ratoncito de laboratorio y cerré mis ojos por última vez.

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